Sección: Historia. Luis Cicopiedi (1925-2000).

Pionero del teatro vocacional tandilense. Dipaola, Néstor.

Luis Cicopiedi (1925-2000). Pionero del teatro vocacional tandilense[1]

Néstor Dipaola[2] 

Trabajador Independiente

nestordipaola@gmail.com

https://orcid.org/0009-0005-4640-3723

Resumen

El año anterior -2025- se cumplió el centenario del natalicio de Luis Cicopiedi, pionero entre los teatristas de la ciudad de Tandil. A partir de su figura, el presente escrito intenta rescatar los orígenes del género en un lugar del sudeste de la provincia de Buenos Aires donde el comienzo de la actividad se remonta al siglo XIX.  Cicopiedi, hijo de inmigrantes italianos, se crió en un marco de pobreza que le impidió completar la escolaridad primaria. Se confiesa un agradecido del teatro, al que le dedicó más de medio siglo de su existencia. Y asegura que resultó para él “la escuela primaria, la secundaria, la universidad y el posgrado”.  El artículo describe también aspectos varios relacionados con la cultura y la sociedad del Tandil de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX.  

Palabras Clave: Teatro vocacional, escena tandilense, educación integral, cultura popular

Luis Cicopiedi (1925-2000). Pioneer of amateur theater in Tandil

Abstract

The previous year—2025—marked the centenary of the birth of Luis Cicopiedi, a pioneer among the theater artists of the city of Tandil. This article, based on his life, seeks to trace the origins of the genre in this southeastern part of Buenos Aires province, where theater activity dates back to the 19th century. Cicopiedi, the son of Italian immigrants, grew up in poverty, which prevented him from completing primary school. He expressed his gratitude to the theater, to which he dedicated more than half a century of his life. He affirmed that it was for him “primary school, secondary school, university, and postgraduate studies.” The article also describes various aspects related to the culture and society of Tandil in the late 19th and early 20th centuries.

Keywords: Amateur theater; Tandil theater scene; integral education; popular culture.

“Para mí, el teatro fue la primaria, la secundaria, la universidad y el posgrado” (Luis Cicopiedi)

Introducción

El año anterior -2025- se cumplió el centenario del natalicio de Luis Cicopiedi, pionero entre los teatristas de la ciudad de Tandil. A partir de su figura, el presente artículo intenta rescatar los orígenes del género en un lugar del sudeste de la provincia de Buenos Aires donde el comienzo de la actividad se remonta al siglo XIX.

Cicopiedi, hijo de inmigrantes italianos, se crió en un marco de pobreza que le impidió completar la escolaridad primaria. Se confiesa un agradecido del teatro, al que le dedicó más de medio siglo de su existencia. Y asegura que resultó para él “la escuela primaria, la secundaria, la universidad y el posgrado” El artículo describe también aspectos varios relacionados con la cultura y la sociedad del Tandil de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX.

La Argentina de 1925 presentaba una relativa prosperidad económica en el marco del modelo  agroexportador dependiente que había diseñado la Generación del Ochenta. El peso argentino tenía  un valor similar a la libra esterlina y al dólar estadounidense. El Presidente Marcelo Torcuato de  Alvear disfrutaba de una gestión caracterizada por una calma poco frecuente en la historia  argentina.  

Por entonces, nadie pensaba en el crack internacional de 1929 con la caída de la Bolsa  estadounidense. Tampoco estaba en el radar el primer golpe militar del siglo XX -6 de septiembre  de 1930- que iba a destituir a Hipólito Yrigoyen, quien había asumido su segundo ciclo presidencial  en 1928. Todo ello originó la tristemente célebre “década infame”, con autoritarismo, pobreza y  proscripciones políticas.

El ambiente cultural de corte europeizante se hallaba en su esplendor y en sintonía con la  “exportación” del tango y del mismísimo Carlos Gardel a París y Madrid.

Al frente del municipio del Tandil se encontraba por entonces otro radical, Miguel Antonena. La  ciudad contaba con algo más de cuarenta mil habitantes y todavía vivía la euforia del centenario de  la fundación del Fuerte Independencia, en 1923. Se había producido un “efecto contagio” de las  múltiples celebraciones porteñas por el primer siglo de la Revolución de Mayo. Se diseñó, entonces,  una semana de festejos que incluyó la inauguración del majestuoso Parque Independencia.

El Teatro Cervantes presentaba sus galas y el deporte masivo también se hizo presente. Una  selección de fútbol de Tandil se imponía ese año a uno de los principales conjuntos de Montevideo  en el Estadio Municipal de entonces, ubicado en la manzana que hoy ocupan las Escuelas Normal y  Comercio. En boxeo surgía la figura de un peso pesado hecho a imagen y semejanza del legendario  Luis Ángel Firpo. Se llamaba Miguel Zumpano, lo apodaban “El Torito de las Pampas” y ese año  del centenario se convertía en campeón de Tandil y la región.

El Palacio Municipal había abierto sus puertas al público en 1920. Por la época, los presidentes y  miembros de la alta sociedad se alojaban en el Palace Hotel, el más ostentoso de la provincia. Se había inaugurado en 1919 y medio siglo después, tras cerrar sus puertas, el imponente edificio de  cuatro plantas fue adquirido por la Fundación Universidad de Tandil. Hoy es sede del Rectorado de  la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.

El Tandil de 1925 ya había abandonado el llanto y el luto por la pérdida, en 1912, de la mítica  Piedra Movediza. Pese a esa magna tragedia, un conjunto espléndido de confortables hoteles en las  sierras y varios en el micro centro, ponía en evidencia que el turismo todavía era posible. Las costumbres en la sociedad eran muy distintas, tal vez con actitudes de “respeto” entre unos y  otros que hoy parecen hasta risueñas, pero que sin embargo formaron parte de una cultura en un  momento determinado. Por 1925, en El Eco del Tandil (1) se leía:

“Interesante pareja: Días pasados el conocido joven Carlos Otero peticionó la mano de la  gentil señorita Haydee Pino, hija del estimado vecino Sr. Lázaro Pino, radicado desde  hace tiempo en esta ciudad. Este compromiso ha sido gratamente acogido entre las  muchas amistades de la interesante pareja, pues el novio goza de muy merecidos  prestigios entre sus numerosos amigos y conocidos, y la señorita de Pino posee todas  aquellas cualidades que cautivan y atraen. La boda se realizará dentro de poco tiempo”.

La música popular empezaba a movilizarse. Iban surgiendo las primeras orquestas locales de tango.  Y había maestros. Algunos llegaron a ser ilustres, como el bandoneonista Juan Buscaglia, oriundo  de Cerro de los Leones en tiempos del florecimiento de la industria de las canteras de granito en ese  lugar. Uno de sus alumnos dilectos fue José “Pepe” Maisano, primer director de orquestas típicas

nativo de Tandil. Pero poco después, Buscaglia fue contratado por el célebre músico Juan de Dios  Filiberto, para su distinguida orquesta porteña. El tandilense mencionado, llegó a ser arreglador de  la misma (2).

Otro profesor de bandoneón, don Américo Sterchele (3), publicaba en 1925 un aviso publicitario en  el que ofrecía clases de dicho instrumento, en el café-bar Tokio. Ofrecía “enseñanza rápida y  garantida”. Atendía a los interesados en el hotel Sarasola e incluía el teléfono de la entonces Unión  Telefónica 372. Ese mismo día se anunciaba la actuación de una orquesta típica en el mencionado  bar Tokio. Se añadían los horarios en que la gente podía escucharla: “de 18,30 a 20 y de 21,30 a  0,30. Sábados y domingos hasta la una hora. Domingos por la mañana de 10,30 a 12”.

Otra orquesta de tango por esos años veinte era la que tocaba en el Cine Americano. Entre otras  figuras tuvo a Arturo Crespi, violín concertino del Teatro Colón de Buenos Aires; Constantino  Basanta en piano; Juan Nielsen en contrabajo; Teobaldo Rosanigo en saxo. Un inmigrante ruso  hacía batería y durante un tiempo, antes de emigrar a Buenos Aires, estuvo el ya nombrado Juan  Buscaglia en el grupo.

Por entonces, todavía eran célebres las Romerías Españolas, que se realizaban desde los años  ochenta del siglo XIX en un lugar que precisamente por ese motivo se lo conoció como El Monte de  las Romerías. Eran cuatro manzanas de tierra y hermosa arboleda en la zona de Santamarina y  Maipú. Ahora queda apenas una y es la plaza Martín Rodríguez. Se trataba de fiestas familiares de  esplendor, que permanecieron en el viejo Tandil por espacio de poco más de medio siglo, es decir  mediados de la década de 1930. Pero precisamente por el año 1925, un cronista del diario Nueva  Era (4), posiblemente impregnado por la milenaria aunque debatible consigna de que “todo tiempo  pasado fue mejor”, publicó un artículo extremadamente crítico y nostalgioso acerca de la fiesta que  él presenció en diciembre de ese año. Y entre otros párrafos, escribió:

“Anteayer hubo bastante concurrencia en el local de las Romerías Españolas. La tarde  fresca y apacible, bien regadas las calles y el local por las lluvias intermitentes de la  mañana, un agradable paseo para todos, dar una vuelta respondiendo al reclamo de las  músicas y bombas. Allí, dentro, de ese simpático marco de añosos sauces, donde en épocas  felices que se alejan cada vez más, se derramaba gracia y alegría, ahora daban vueltas y  vueltas, con gesto displicente, la concurrencia de chicos y grandes, como si hubiera tan

solo el propósito de hacer acto de presencia o de exhibir la policromía de los femeninos  atavíos. Pocas, muy pocas eran las parejas que se formaban para bailar. Y cuando una  yunta de danzantes se aventuraba en ese medio frío, se formaba un estrecho círculo  demostrando una curiosidad, como si se tratara de una cosa muy rara. Realmente todo  cambia, todo pasa, todo cae. Hasta la gaita parece olvidar las alegres jotas y muñeiras para  tocar esos horribles pasos de camello que nos han injertado los yanquis”.  

Más adelante, se queja fuertemente por “esas groserías que muchos chicos y muchos grandes  dirigen a las niñas y señoritas que concurren, como si todo eso fuera una modalidad de nuestra  época. Con este motivo hemos oído elogiosos comentarios para el empleado de policía señor  Andrés Almada, porque con la mesura que le caracteriza pero con la energía necesaria, supo  contener a unos cuantos mozalbetes que sin educación ni respeto para nadie molestaban con sus  groserías a las familias. Ojalá que esto no se repita en los días que faltan para dar término a las  fiestas”.

El teatro en aquel Tandil de mediados de la década de 1920

En 1925, año de nacimiento de Luis Cicopiedi, surgía el Teatro de la Confraternidad  Ferroviaria. El acto oficial de apertura fue el 20 de diciembre, en el espacio que todavía ocupa en  calle 4 de Abril 1371.  

Mucho antes, la colectividad española había legado a la ciudad el Teatro Cervantes, en 1887. El  día de su apertura, 8 de septiembre de ese año, se puso en escena la obra “El 2 de mayo de 1808 o la Independencia Española”, a las tres de la tarde y por parte de un elenco que no era local.  Por esos años, el inmigrante dinamarqués Christian Mackeprang construyó su vivienda en la  actual calle Fuerte Independencia al 200, vereda impar. Fue precursor en Tandil de varias  disciplinas artísticas. En “La ciudad de las sierras”, sexta edición (5), se menciona: “Tuvo su propio espacio para realizar fiestas y representaciones teatrales que él mismo escribía,  dirigía y compaginaba. Las reuniones musicales se amenizaban con orquestas propias. Se comía y  se bailaba. Cuando Mackeprang quiso abrir los espectáculos a toda la comunidad de Tandil, no tuvo  eco, sólo iban los daneses. Otro aporte suyo lo realizó a través de un conservatorio de música que  luego dejó en manos de Berta Carmen Nielsen de Blotto a fines del siglo XIX”.

En este contexto de época, corresponde mencionar que el escritor más antiguo de la ciudad fue  dramaturgo. Rodolfo González Pacheco nació en Tandil el 4 de mayo de 1883 y fue un autor  prolífico, con obras en las que predominó su ideología anarquista y fueron representadas por varios  elencos. Fundó su propio espacio, denominado “Teatro de ideas”.

Para el centenario de Mayo, en 1910, se erguía imponente el Teatro Italiano, con capacidad para  más de mil personas, en la calle Leandro Alem entre Sarmiento y Mitre. Con el tiempo se  transformó en un cine y en la actualidad nada ha quedado de aquel esplendor. Con estos datos queremos significar que la movida teatral en Tandil data de cerca de un siglo y  medio. Pero recién en los albores de la década de 1920 podemos ubicar el surgimiento de artistas y  directores locales, junto con el auge de otras manifestaciones sociales, artísticas y deportivas. En el año 1994, en una entrevista con el señor Roberto Castiñeiras (6), recogimos datos sobre su  padre, don Benito Castiñeiras, inmigrante español, pionero de la dirección teatral en la ciudad. Era  empleado ferroviario, por lo que a partir de la inauguración del Teatro de la Confraternidad en 1925  tuvo fácil acceso a ese espacio.

Es pertinente aclarar que Roberto, gentilmente, nos aportó esa información apelando  exclusivamente a su memoria. Pero se trata de datos interesantes e inéditos, ricos, sobre todo, en  nombres y apellidos de gente de antaño que se han relacionado con el teatro tandilense y que  sintetizamos en las próximas líneas:

“Puedo nombrarle a figuras como Haydée Villanueva, Mario Jaureguiberry, Clarita, Pancho y  Francisco Diéguez, José Angelillo. Cuando papá dejó el grupo, lo siguió dirigiendo otro de los

Diéguez, Aquilino. Lo fueron a buscar para que dirigiera un grupo en el Teatro Italiano, que era una  hermosura. Ese elenco estaba integrado por gente muy conocida en la ciudad. Puedo recordar  algunos nombres como José ‘Pepe’ Lunghi, que fue Intendente de Tandil entre 1963 y 1966, Toto  Alsogaray, que era peluquero; el hermano, Pichón Alsogaray, que trabajaba en El Bilbaíno y era  apuntador. Uttile, un italiano que tenía un gran parecido a Enrique Santos Discepolo. Él se había  propuesto hacer un papel de gaucho, pero tenía pronunciación y acento italianos, así que mi papá  tenía que hacer malabares para que pudiera sacar al gaucho... Yo los conocí porque iban muy  seguido a casa. Y eran piezas difíciles aquellas, El puñal de los troveros y Bendita seas, entre otras. Estaban también en ese grupo Juan Saracca, el martillero Franchini, que iba a casa todas las noches  para que mi papá le explicara, ya que decía que quería estar afilado... Mi papá de pronto se iba a  otro grupo, pero quedaban el elenco y las obras”.

Luis Cicopiedi: su vida, una auténtica obra de teatro

Luis Cicopiedi nació en Tandil el 5 de febrero de 1925. Falleció el 28 de octubre de 2000. Fue uno  de los primeros grandes actores vocacionales de la ciudad. Le dedicó al teatro más de medio siglo  de su fecunda existencia, aunque también hizo lo propio con su querido bandoneón. Mantuvimos  con él numerosas charlas, dos de ellas reflejadas en la prensa (7).

No resulta un desatino aseverar que toda su exixtencia fue una gran obra de teatro. La de la vida, la  de la calle, la del bar. La del Viejo Sócrates enseñando la mejor filosofía dialogando en las plazas de Atenas.

“El arte es la parte espiritual que siempre me hizo vivir, incluyendo mi oficio de lustrador de muebles antiguos”, nos decía.  

Sus padres italianos llegaron en el amanecer del siglo XX desde la región de Calabria. Ellos eran  Cataldo Cicopiedi y Filomena Bossio, corridos por la miseria. No conocían ni el dinero porque  utilizaban el trueque. Cambiaban oliva y castañas por arroz u otros alimentos.

Ellos se instalaron en 14 de Julio y España y de esta manera a la vez descriptiva y romántica define  Cicopiedi a su barrio de crianza:

-“Hoy es casi centro, pero antes parecía que el pueblo terminaba ahí… De España hacia  abajo, hasta La Movediza, era la periferia, los suburbios, los arrabales. Me gustaba mucho  esa avenida vieja, con el bulevar y las palmeras. Muchos baldíos y por supuesto potreros.  Tengo el recuerdo de la canchita de fútbol de enfrente, donde entrenaban grandes  jugadores. Otros vecinos fueron boxeadores campeones de Tandil. Una zona muy tranquila, aunque sin embargo por algo será que en un momento el lugar fue bautizado  como ‘barrio de la puñalada’, mucho antes de que Borges publicara sus famosos versos de  cuchilleros del viejo Buenos Aires”.  

-“La escuela 7, que ahora está en España y Perón, por entonces estaba ubicada  precisamente en la esquina de España y 14 de Julio, a metros de donde vivíamos nosotros.  Allí desperté mi vocación artística, cuando una de las maestras de primer grado preparó un  número en el que participé. Me dijeron que lo hice muy bien y eso me dio un entusiasmo y  un estímulo increíble, a tan corta edad”.

“Fui un chico de la calle, me fui modelando en barro, en miseria…”

-“Si empezara a desnudarme, debería decir que yo fui un chico de la calle, hijo de una familia de trabajo, inmersa en la gran crisis del treinta. Era el menor de siete hermanos que  quedamos, porque otros dos fallecieron muy chicos, sin que yo alcanzara a conocerlos.  Algunos de mis hermanos -ya más grandecitos- comenzaron a emigrar, sobre todo hacia el  Gran Buenos Aires, en busca de trabajo.

Así me fui criando en ese ambiente de… no sé si decir tristeza, porque la pobreza no es  triste. He sido un pobre feliz y no un rico angustiado por los números, los bancos, los  papeles. Recuerdo, y lo digo con orgullo, que solíamos ir al corralón, donde nos ofrecían  un par de zapatillas o nos daban un poco de carne en alguna fecha patria. Te estoy

hablando del año ’32. Yo tenía siete años”.  

“Entonces queda un poco de resentimiento -¿por qué no decirlo?- por esta suerte que nos  tocó. Pero esa suerte también hace que te lo pueda contar para transmitirlo y que la gente  pueda enterarse y saber que hemos vivido una infancia bastante desgraciada. Encima justo  nos tocó esa década del treinta, infame y penosa. Por algo ese gran letrista de tango que fue  José Celedonio Flores, la reflejó en ‘Por qué canto así’: “Me fui modelando en barro, en  miseria, en las amarguras que da la pobreza… en llantos de madre, en las rebeldías  del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre viene…”. 

“Era esa una pobreza que se compartía, porque en el barrio éramos todos hermanos de  clase. No había familias con otro tipo de poder adquisitivo, cuyos niños tengan su juguete  o su bicicletita, por ejemplo. Compartíamos las mismas necesidades. Estábamos lejos del  centro y había muchos terrenos baldíos para ir a jugar. Nos divertíamos a nuestra manera,  en medio de un primario mal hecho y de toda esa situación.  

Para nuestros padres, la única diversión era jugarse un partido de naipes después de haber  trabajado duramente. Me llevaban a viejos boliches donde los paisanos (como se llamaban  entre sí los del mismo pueblo de inmigrantes) se reunían. Después de dos o tres horas, un  domingo a la tarde terminaban algo borrachos. Era la única diversión después del pico y la  pala de toda la semana, para hacer pozos sumideros o colocar adoquines por las calles que  se estaban empedrando. Para ganarse un peso había que dejar las costillas y también el  alma. Pero esa gente fue haciendo a Tandil”.

¡Qué ganas de llorar, con este recuerdo gris…!

Aquella charla la mantuvimos en el living de su casa de la calle “De la bandera”, en proximidad del  barrio Villa Laza. Todo transcurría de manera distendida y en un momento, Luis se puso muy serio.  Bajó la cabeza y se quedó pensando por algunos segundos. Con seguridad, su mente registró un  recuerdo con mucho dolor interior y que había sido contenido por décadas. Y nos dijo lo siguiente,  ante nuestra pregunta de cómo había llegado en su vida el oficio artesanal de lustrador de añejos  muebles:

“Lo que pasa es que yo antes de eso tuve una triste historia. Y la quiero contar porque  después con el tiempo me di cuenta de la perversidad que existe, no en todos los hombres,  pero sí en algunos representantes de la raza humana. Yo entendí eso después, cuando iba  dejando la adolescencia para ingresar en la juventud. Por aquellos años, los padres salían a  buscar trabajo para ellos pero también para los hijos, salían a ofrecer a sus hijos. Y yo dejé  la escuela antes de tiempo, en tercer grado, porque había que aportar un ingreso que  permitiera parar la olla. Un puchero sobre la base de tres kilos de papas, un zapallo y un  kilo de falda, esa sopa gorda que se hacía con monedas”.

“En mi caso, mi padre me ofreció en una sastrería, que no la voy a nombrar para no herir  susceptibilidades de sus descendientes. Era de un español y tengo que decir su  nacionalidad porque se relaciona con la reacción que luego tuvo mi padre. Me ofreció y la  respuesta fue que yo no iba a cobrar porque estaría aprendiendo el oficio. Decía que él en  España para aprender tuvo que pagar. Y habrá sido así, porque cuando se refería a su  patrón lo llamaba ‘el maestro’. Entonces era como que yo tenía que conformarme porque  no iba a tener que pagar para aprender el oficio. Y aquí viene la historia. Entré a trabajar  allí y me dieron cuatro tareas. El primer trabajo consistía en vender diez diarios: cinco  ‘Crítica’ y cinco ‘Noticias Gráficas’. Eso me dejaba de utilidad cincuenta centavos por día, o sea quince pesos al mes. Los vendía sin dificultades porque me iba al Palace Hotel. El  segundo trabajo consistía en hachar leña en el fondo, para la cocina económica. La leña, en  trozos grandes, la llevaban desde donde la distribuían, en San Martín y 14 de Julio, un  antiguo negocio donde ahora está Época de Quesos. Yo tenía que entrar la leña con  carretilla, desde la puerta de la calle y llevarla hasta el fondo. Y a esas astillas había que  partirlas en cuatro. El tercer trabajo era llenar el tanque con una bomba elevadora, ya que  no había bombeadores eléctricos ni agua corriente. Transpiraba todos los días para llenar  ese tanque de mil litros, que no siempre estaba vacío porque podía quedar a veces un  remanente, pero era transpirar con esa tarea de tracción a sangre. Cuando rebalsaba, recién  podía decir que había terminado de bombear. Y el cuarto trabajo no era tampoco el de  aprender el oficio, sino barrer la sastrería o hacer algún mandado”.

“Por entonces no había comunicación en la casa entre padres e hijos. Yo lo trataba de  ‘usted’ a mi papá. No lo tuteé nunca. Lo concreto es que recién dos meses después de  haber entrado a trabajar allí, mi padre me preguntó cómo iba con el aprendizaje del oficio  de sastre. Y yo no me animaba a hablar, porque ganaba esos cincuenta centavos por día.  Pero como me insistió y me preguntó si me gustaba el oficio, le conté lo que estaba  haciendo. Y que no había aprendido ni a enhebrar la aguja siquiera, porque estaba con esos  cuatro trabajos pagados con la venta de diarios, que yo igual podría haber vendido yendo a  buscarlos a lo de Lotitto, que era el distribuidor. Entonces al viejo le agarró la tanada y  empezó a exclamar:  

“¡Gallegue de porquería, cómo lo está explotando a este chico! ¡No me vaya más  ahí!”.

-¿Y sabés una cosa, Néstor? ¡Yo dejé de ir a la escuela por ese trabajo de mierda!  ¡Soy analfabeto, soy analfabeto!

Nota del entrevistador: Para Luis, amigo de años, resultó muy fuerte ese momento. También lo fue  para mí. Luis Cicopiedi, mi entrevistado, dijo unas cuantas palabras más, fáciles de imaginar, en  medio del llanto.  

Cuando pudo controlarse, me pidió disculpas. Le respondí de inmediato:

-No tenés de qué disculparte, Luis. Yo no creo en eso de que los hombres no lloran. Si te sirve, te  digo que no sos analfabeto, sos un gran filósofo, tenés una gran riqueza y además el analfabetismo  no se mide por un certificado.  

No quise seguir porque comprendí que mis palabras no tenían por qué ser un consuelo. Se puso de  pie para ir a buscar dos copitas con licor, que compartimos. El gran teatro de la vida misma.  Realismo puro. Drama y después…  

-“El lustrador de muebles llega de la mano del señor José Deliso, amigo de mi hermano  Cataldo, que tenía su taller en Rodríguez y Garibaldi. Me enamoré de ese oficio cuando  empecé a conocer verdaderas obras de arte viejas, arrumbadas. Una ebanistería fina, de  estilo, de los clásicos. Eran muebles que yo admiraba y los fui conociendo y valorando. Un  trabajo que de a poco, se convierte en una verdadera artesanía. Es un laburo con algo de  bohemia. A mí me gusta la bohemia con algo de pulcritud, no la que lleva a estar tirado  viviendo en el fondo de un conventillo. Puedo ser bohemio y vivir con una cierta  prolijidad, con un cierto nivel de vida. Por algo Ambrosio Renis hablaba de la pulcra  bohemia tandilera”...

El actor

“La gente que frecuentaba el taller de lustre de los Deliso, tenía inquietudes artísticas. Sin  metodología ni estudio. Eran cosas que se hacían para matar el tiempo. No había

televisión, pocos tenían radio, los diarios no se podían comprar siempre. Entonces dijimos  de hacer un poco de teatro. Empezamos en los circos que llegaban y que en la primera  parte tenían espectáculos en la pista y en la otra, teatro de la época (sainetes, espectáculos  costumbristas). Adolfo Duarte me acercó al primer grupo en el que participé, con ensayos  formales. Era el año 1938. Yo tenía apenas 13. Comenzamos en el conjunto Arte y estudio, de Villa Italia. Yo estaba en mi salsa. Lo comparo con aquel pibe que le gusta mucho jugar  al fútbol, cuando llega a formar parte de un equipo. Debuté con la obra Bendita seas, de  Alberto Novión, en 1939. De allí en adelante, no paré nunca. De Villa Italia nos fuimos al  club Excursionistas, donde dirigía el elenco Jorge Lester y trabajaban Pedro Pablo  Paladino, que se autodefinía como ‘El Chaplin tandilero’, José Angelillo, Luis Tangorra,  Lorenzo Cini”.

La etapa de Bosco y el teatro como “la madre de las culturas”

“El período de Bosco Martignoni se caracterizó porque introdujo una nueva técnica y nos  hizo ver que el teatro es la madre de las culturas. Allí se da todo. Él tenía el conjunto  ‘Rojinegro’, en el club Independiente, antes de que naciera el Teatro Independiente de  Tandil (TIT). Fue un momento muy importante para todos nosotros por lo que  aprendimos. Trabajamos textos de Arthur Miller, Chejov, Graham Greene. Por los años  cincuenta pusimos en práctica la metodología de Constantin Stanislavsky. Con Bosco  empezamos a estudiar, a investigar”.  

“Hoy se puede estudiar teatro en la Universidad. Pero durante mis comienzos, los padres  no dejaban a sus hijas hacer teatro. Para ellos, era una deshonra para la familia. Cuando  teníamos el grupo del Excursionistas, por los años cuarenta, conseguir una chica para  ensayar alguna obra, costaba un triunfo. Los artistas éramos de alguna manera sinónimo de  cabaret, la noche, la vagancia, la mala vida, la prostitución. ¡Y ni hablar de tener que  tocarla a la nena! Eso le pasaba a Lolita Torres, al punto tal de que en los contratos de sus  tantas películas, figuraba una cláusula familiar por la que ella no podía ser besada en  escena. Ahora se ha avanzado mucho en ese sentido. Hoy se hace un desnudo artístico y no  es pornográfico. Lo mismo pasa con el lenguaje. De pronto uno se ve obligado a decir  algún ‘carajo’ en la conversación y es para que se entienda un determinado mensaje.  Aunque otras veces -y aquí hay que diferenciar- ciertas palabras se emplean gratuitamente  para causar risa. Es ese lenguaje provocativo que se usa sólo para conseguir taquilla”. En  eso, por supuesto, no coincido para nada”.

“En lo estrictamente personal, y luego de 55 años que llevo en el teatro, me siento feliz de  haber incursionado en esta actividad, no sólo por el cariño y reconocimiento de la gente,  sino sobre todo por el aprendizaje. Para mí el teatro fue la primaria, la secundaria, la  universidad y el postgrado. Gracias al teatro logré satisfacer las necesidades que hubiese  pretendido a través de la cosa académica, de lo que no pudo ser. Y es un camino que  todavía no está cerrado. Leo obras, conozco permanentemente autores, sus biografías”.  

La vejez… y un “consejito” para el PAMI…

Alrededor de sus setenta años, ya hacía referencia al concepto de “vejez”. Y se expresaba como si  fuese al mismo tiempo un filósofo, sociólogo, psicólogo o médico gerontólogo. Y hasta se dio el  lujo de formular una sugerencia a las autoridades del PAMI.  

“La vejez es un estado psicológico que no pasa tanto por la rigurosa edad cronológica. A  los 40 años nos empezamos a deprimir. Se le llama ‘edad crítica’. Comenzamos a pensar,  como dice el tango, en la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Ante eso,

debemos replicar programando el futuro. Eso alimenta mis deseos de vivir. Tal vez por  eso, y casi sin darme cuenta, tengo tanta agenda. Y anoto todo, con horarios y lugares.  Prosigo en el Conjunto Municipal de Bandoneones, desde su creación en el año 1985. Es  bárbaro, único en el país con tantos fuelles juntos. En la Escuela Municipal de Música  Popular tengo a mi cargo la cátedra de Bandoneón.  

En cuanto a la actividad teatral, me involucro algo menos que antes, pero prosigo. Entre  otras cosas, ensayo tres veces por semana para las Escenas de la Redención. Colaboro en lo  que puedo con el Centro de Jubilados. Cobro la jubilación mínima, 200 pesos, pero no  tengo tiempo de pensar en eso. Creo que la gente se empieza a deprimir por falta de  razones para seguir viviendo. No saben qué hacer. Y en realidad para no envejecer hay que  estar ocupado y no preocupado. Me parece que ciertas instituciones, como por ejemplo el  PAMI, deberían fomentar actividades culturales, organizar torneos de bochas, tener talleres  y espacios culturales. De ese modo el PAMI gastaría menos en remedios y atención  médica”.

Notas bibliográficas

(1) EL ECO DEL TANDIL, jueves 2 de abril de 1925.

(2) DIPAOLA, Néstor. “Último Tango en el Sur. Historias del 2 x 4 en Tandil y la región”.  Edición de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Tandil, 2001.

(3) NUEVA ERA, diario vespertino de Tandil, 21 de septiembre de 1925.

(4) NUEVA ERA, 29 de diciembre de 1925.

(5) DIPAOLA, Néstor: “La ciudad de las sierras. Reseña histórica del Tandil”, sexta edición.  Ediciones del Chapaleofú, Tandil 2013.

(6) CASTIÑEIRAS, Roberto: Entrevistado por Néstor Dipaola, suplemento dominical “La  Vidriera”, diario El Eco de Tandil. 5 de febrero de 1994.

(7) CICOPIEDI, Luis: Entrevistado por Néstor Dipaola. Suplemento dominical “La Vidriera”,  diario El Eco de Tandil. 4 y 11 de abril de 1993. 28 de febrero de 1999.

El Peldaño- Cuaderno de Teatrología N° 26. Período Julio-Diciembre, 2026. Julio 2026.          


[1]Para citar este artículo: Dipaola, Néstor. (2026). Luis Cicopiedi (1925-2000). Pionero del teatro vocacional tandilense .El Peldaño–Cuaderno de Teatrología. Julio-Diciembre 2026, N°26. Julio 2026. pp.134-142.

https://www.ojs.arte.unicen.edu.ar/index.php/elpeldano/article/view/1595

Sección:Artículos. Recepción: 18/05/2026. Aceptación final: 22/06/2026.

[2] Dipaola Néstor. Trabajador independiente. Tandil. Provincia de Buenos Aires. Argentina.